¿Existe el amor romántico?

Tenemos la gran suerte de vivir en la era de las comunicaciones, donde las noticias nos llegan antes incluso que los eventos que las desencadenan, donde cualquiera puede opinar y los que de verdad saben se quedan sin voz. Todo ello provoca un gran escepticismo popular que no siempre resulta útil. En el terreno emocional, cuando hablamos de relaciones de pareja, poner en duda los estilos de relación que llevan perpetuándose desde hace décadas es hasta saludable. El problema aparece cuando en nuestro afán por alejarnos de comportamientos desactualizados o incluso tóxicos, acabamos por idealizar cómo debe ser esa relación de pareja, convirtiéndola en una utopía casi imposible de alcanzar. 

Empecemos por el principio. 

Seguramente, todos hayamos oído hablar de ese amor romántico que nos hace perder la cabeza por una persona sin razón. Aunque no todos lo hayamos experimentado en primera persona, sabemos que existe. Es real. Pero para algunas personas y en algunos contextos muy selectos.

En cada etapa de nuestra vida nos enamoramos de forma diferente

Esa emoción tan intensa que inspira poemas, canciones y películas, nace en gran medida de un determinado estilo de apego aprendido en nuestra infancia, aderezado con la inocencia de la juventud. Conforme maduramos nos vamos enfrentando a la vida real, con sus decepciones, sus dificultades y retos. A base de golpes, vamos aprendiendo lecciones vitales que van dejando huella en nuestro subconsciente y marcando nuestras decisiones futuras. Así como también la forma en que nos entregaremos a partir de ahora a otros. Por eso ocurre lo que se conoce como “mi primer gran amor”, porque tal y como nos implicamos emocionalmente en esa primera persona, tan limpios de sesgos, traumas, miedos, no nos volveremos a entregar.

Pero ¿qué pasa después? Lo que ocurre es que generalmente esta primera experiencia junto con otras que vamos viviendo a otros niveles (familiar, social), van dejando un “poso”, una huella en nuestro sistema límbico, donde nuestro cerebro procesa las emociones, que, sin nuestro permiso, va a condicionar las relaciones que yo tenga a partir de ahora. Esto es, si mi anterior pareja me engañó con otra persona, y me hizo sentir idiota por no darme cuenta, es muy posible que a partir de ahora, yo sea más suspicaz y desconfiada, aunque esté con la persona más fiel del mundo. Es probable que la nueva relación esté marcada por los celos cuando ninguno de los dos ha sido infiel.

De este punto de partida pueden salir infinitos perfiles; quien ya será desconfiado de por vida, quien no conseguirá que las relaciones sean duraderas porque no vuelve a sentir lo mismo por nadie, o también están quienes esperan sentir ese primer amor eternamente, y se pasan la vida esperando o rechazando oportunidades, los inconformistas.

La mayoría de las personas que acude a consulta se identifica con alguno de estos perfiles, pero no sabe cómo romper con esas conductas que le mantienen sin una pareja estable, insatisfechos.

¿Qué puedo hacer si creo que a mí me pasa eso mismo?

Ya seas una persona soltera como si tienes pareja, mi recomendación es que hagas un ejercicio de “viaje al pasado”. Intenta identificar los estilos de relación que has tenido a tu alrededor y que han sido tu modelo; desde tu familia, tus hermanos, tus amistades del colegio, de la adolescencia, tus primeros intereses amorosos. A través de esta búsqueda personal, comenzarás a conocerte, y comprenderás mejor tu comportamiento en el presente.

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